Cualquiera diría que los actos escolares son todos iguales pero no hay nada menos cierto. Resulta que independiente a que la primera fila esté siempre reservada al director o la directora del colegio, a que el sonido indefectiblemente falle y a que las madres y padres de los alumnos se alternen las lágrimas al ver bailar, cantar o recitar a su herederos: no hay un evento de este tipo que resulte idéntico al otro.
Sucede que un día ya no eres tú quien está arriba en la tarima del auditorio y en el lugar que un día ocupaste haciendo del Hombre de Hojalata (en una versión libre del Mago de Oz que tu maestra montó ayudada por la señora de la cantina) ahora se desplaza el mayor de tus hijos y la escena, tan honesta como imperfecta, se te hace única, inolvidable.
Todos tenemos derecho a bailar en un acto escolar y a equivocarnos en algunos pasos.
Aunque no cantaba Ismael Miranda, el coro que titula la entrada y que hizo famoso al niño bonito de la Fania desde el Bronx y hasta el callejón de la puñalada en Sabana Grande, era un zumbido puro en mis oídos.
Mientras, en mi cabeza sumaba argumentos para intentar comprender si era la Salsa, ese género tan desprestigiado y que me gusta tanto como la literatura, o era yo quien no había evolucionado. El sonido era flaco y si me entusiasmaron algunas canciones, tuvo que ver más con los recuerdos que me trajeron que con la piezas en sí.
Mañana estará Willie Colón en el Círculo Militar y si no fuera porque se ha despedido de Venezuela al menos seis veces -en los últimos tres años- quizás me hubiera animado a acompañarlo en una nueva partida en falso.
De cualquier manera me considero el único responsable si mañana me levantó fallo de recuerdos y voy a comprarme un ticket para su concierto; quién me manda a creerle un tipo que en los bajos fondos (porque para todo aquél a quien no le gusta la Salsa le resulta de los bajos fondos) se hizo llamar a sí mismo El Malo.
Transitaba sus días negros según me dijo y yo me quedé pensando en por qué no uso la palabra oscuros o cualquier otra menos severa.
La primera imagen que me vino a la cabeza al escuchar tal definición de su estado anímico, fue la de un crepúsculo con nubes del tipo las que suceden a una explosión atómica, y más, la expresión tuvo mucho de un gas denso, capaz de cubrirme las pupilas y ahogarme en una tos cuyo eco bien podría confundirse con nuevos truenos, con inéditas tempestades.
Desde entonces no he pensado en otra cosa que en la maniobra con la que adelantaré su rescate, arriesgándome a que le irriten mis formas tan inusuales como el lenguaje que uso cuando escribo en torno a ella.
¿Quién puede ayudarme en esta hora? ¿Quién, si se llevó el mapa que me condujo hasta nuestro primer, único, y tantas veces postergado encuentro?
Pero miento: hubo una pausa en todo esto. Fue un sueño que tuve con los ojos abiertos: allí, en medio de la nada estábamos ella y yo, tristes, desnudos, con un tipo de sed ancestral que puso en nuestras bocas el aliento de nuestros abuelos. Era de noche y era octubre.
Respirábamos un fuego dulce y ni siquiera esa energía hizo posible que despegáramos los ojos del piso.
Imelda, con treinta años al frente de una peluquería en Chacao, dice tener razones poderosas para recordar con tristeza a Farrah Fawcett. Cuenta una y otra vez a sus clientas actuales que cuando la difunta Ángel de Charlie estaba en el tope de su popularidad, todas aquellas mujeres que entraban a su negocio pedían exactamente lo mismo: un peinado frondoso en el que, sus cabellos ordenados por capas, lucieran idénticos a la rubia en cuestión.
Ella procedía diligente pues, y hasta ahora lo reconoce, era tarea fácil para cualquier aprendiz hacerlo. Y es que si había algo que caracterizara aquel arreglo, era que no se notaban –ni aún de cerca- los huecos que indefectiblemente quedaban esparcidos por toda la testa. Entonces reía cada vez que se marchaba una cliente y le dejaba una propina casi del tamaño de su satisfacción.
Ahora, a pocas horas del funeral de la detective televisiva, no puede evitar que una lágrima resbale hasta su boca, mientras la ve en imágenes de archivo dejándose robar un piquito por parte del inefable Amador Bendayán.
Todo el mundo tiene derecho a elegir su tipo de pena.
¡ Ah mundo ! La Negra Juana, ¡ la mano que le pasó ! se le murió su negrito, sí señor.
Ay, compadrito del alma, ¡ tan sano que estaba el negro ! yo no le acataba el pliegue, yo no le miraba el hueso, como yo me enflaquecía, lo medía con mi cuerpo, se me iba poniendo flaco como yo me iba poniendo.
Se me murió mi negrito;
Dios lo tendría dispuesto; ya lo tendrá colocao como angelito del cielo.
Desengáñese, comadre, que no hay angelitos negros. Pintor de Santos de alcoba, pintor sin tierra en el pecho, que cuando pintas tus santos no te acuerdas de tu pueblo, que cuando pintas tus Vírgenes pintas angelitos bellos, pero nunca te acordaste de pintar un ángel negro.
Pintor nacido en mi tierra, con el pincel extranjero, pintor que sigues el rumbo de tantos pintores viejos aunque la Vírgen sea blanca, píntame angelitos negros.
No hay un pintor que pintara angelitos de mi pueblo. Yo quiero angelitos blancos con angelitos morenos. Angel de buena familia no basta para mi cielo.
Si queda un pintor de santos, si queda un pintor de cielos, que haga el cielo de mi tierra, con los tonos de mi pueblo, con su ángel de perla fina, con su ángel de medio pelo, con sus ángeles catires, con sus ángeles morenos, con sus angelitos blancos, con sus angelitos indios, con sus angelitos negros, que vayan comiendo mangos por las barriadas del cielo.
Si al cielo voy algún día, tengo que hallarte en el cielo, angelitico del diablo, serafín cucurusero.
Si sabes pintar tu tierra, así has de pintar tu cielo, con su sol que tuesta blancos, con su sol que suda negros, porque para eso lo tienes calientitos y de los buenos. Aunque la Virgen sea blanca, píntame angelitos negros.
No hay una iglesia de rumbo, no hay una iglesia de pueblo, donde hayan dejado entrar al cuadro angelitos negros y entonces ¿ Adónde van, angelitos de mi pueblo, zamuritos de Guaribe, torditos de Barlovento ?
Pintor que pintas tu tierra, si quieres pintar tu cielo, cuando pintes angelitos acuérdate de tu pueblo y al lado del ángel rubio y junto al ángel trigueño, aunque la Virgen sea blanca, píntame angelitos negros.
La ciudad era un hervidero nocturno para cuando abandonaron el restaurant, rumbo a un sitio que juraste con la mejor banda de jazz en vivo de la ciudad. Y venía al pelo la recomendación, pues si hay algo para lo que estaban ganados esa noche era para improvisar. Los carros se movían en una larga fila india y vistos desde el cielo habrían de parecer esa luces que adornan los árboles navideños encendiéndose alternativamente, como avanzando mientras pedían permiso para hacerlo.Desde el volante, ella detentaba el poder que toda mujer exhibe desde la cima de una camioneta cuatro por cuatro. Tu mejor opción era contemplarla desde tu cómodo puesto, mientras extrañabas la continuidad de estar por más de cinco horas contemplándola de frente, desde el borde de tu vaso corto con hielo y whisky.
Hace dos o tres años salí de vacaciones y dejé a Joe Rodríguez, quien ahora vive en España, encargado de darle vueltas a una frase que en una sesión trabajo había brillado cual diamante: No importa como las tengas, autoexamínate. Al regresar, nos pusimos a trabajar en una ejecución entonces más recatada pues, las protagonistas no llevaban las lolas al aire. Finalmente, el comercial vio luz tal cual lo he guindado, bajo la dirección de Magally Guerrero de 3.5 y con texto que me alegro de habérselo encargado a Desirée Argote, una pasante muy talentosa. La música es de mi pana Olegario Díaz. Gracias debo darle a Cristian Castañeda por el apoyo y a mis amigos de Senosalud por permitir que quienes hacemos publicidad para el capitalismo salvaje, purguemos nuestros pecados con piezas como ésta.
A propósito de la inminente edición, bajo la responsabilidad de sus viudas, de dos novelas de Bolaño, un par de libros de Foster Wallace, otro de Nabokov, de los agotadísimos -incluso en Buenos Aires- Papeles Inesperados de Cortázar, y sin dejar a un lado la sádica idea (esposa heredera de por medio) de editar los cuentos tal cual los escribió Carver, sin que su editor metiera mano; extraje esta foto desde el fondo más oscuro de mi discoduro y quiero compartirla contigo. Quién quita y la Kodama se pone en la onda, saca a la venta algo inédito de Borges -así sea una lista para ir al abasto- y me toque algo, aunque sea un poquito, por salir en la foto.
Los libros que reposan en la biblioteca de tu casa no tienen tu tranquilidad. Te reconocen finito, superable, dueño temporal, lector pasajero.
Mañana no estarás y una caja que por lo general termina bajo el des cuido de una conserje, puede que los mude a ilustrar la afiebrada mente de un adolescente cuyos padres le leyeron cuando niño, o a adornar la sala del dueño de una ferretería, cuya esposa compró en caoba una inmensa biblioteca.
Pero sigue tranquilo, sólo te echarán de menos los libros que has leído pues, aquellos que estando a tu alcance nunca has abierto, no habrán de extrañarte. Porque sólo posees un libro cuando lo lees, el hecho que usurpen un lugar en tu casa no quiere decir que sean tuyos.
Ch hubiera preferido a Chavela, para que patrocinado por el sindicato de chapuceros se empatara en la chambonada de hacerle la chanza al chavo, charlando y cuchicheando mientras el autor del chivo le achataba el chuzo sin caer en lo chimbo y lo chato de su gobierno choro que todo enchava. Ch chorreado estaba chingo por ver los chanchos desde la barrera y se hizo el chino achacoso en lugar de hacer chistar su chopo tan chistoso como del chapulín el chillón chipote. Achantado en su trono, chocho se hizo melcocha aferrado a la cacha de su chola. Ch desde su choza sólo habla con lo chulos que lo ven comiendo cachapa con chicha y ensayan amapuches mientras le dicen eres el más chévere chamo.
La verdad no fuí muchas veces a la playa con mi papá. Pero las veces que lo hice, las recuerdo como si todas se hubiesen almalgamado en sólo un día, en una sola playa, en una única brisa marina, con el único objeto de hacerle el trabajo fácil a esa trampa útil que es mi memoria.
Hoy, los hermanos Wright, Manu y Daniel, me invitaron a la orilla de una playa para hacer volar una raquítica cometa que desde hace un par de semanas reposaba en el comedor de la sala. Acepté sin vacilar pues no quiero que, en esa película que en función continua se reproducirá en sus cabezas adultas, por nada del mundo falte el fotograma que me incluya.
Todas las mujeres de mis relatos llevan tu nombre: las ultrajadas, las mudas, las miserables, las tristes, las desahuciadas, las rencas, las tuertas, las boyantes, las infelices, las regaladas, las odiosas, las perversas, las bellísimas, las ordenadas, las obsesivas, las insensibles, las obstinadas, las tercas, las inalcanzables, las míticas, las reales, las originales, las típicas, las injuriosas, las fenomenales, las incidiosas, las gritonas, las insomnes, las vivas, las envidiosas, las deseadas, las inadaptadas, las talentosas, las imprescindibles, las irritables, las tímidas, las hacendosas, las discapacitadas, todas. Todas. Todas.
Odio los lunes bancarios, con todos esos billetes durmiendo la siesta desde el viernes en la tarde sin que nadie los raye ni los doble ni los extrañe. Odio saber que en días como el de hoy los cajeros juegan a ser hombres y mujeres de carne y hueso que sólo cuentan las horas y las olas desde la orilla de una playa sin mucha gente. Estos días son también días de angustia para los ladrones que a falta de taquillas en las que hacerse de una fortuna express, tienen que reunirla de a poquitos, asaltando a destajos.
Ayer Daniel me llevó al cumple de Ricardo, su mejor amigo. Y qué mejor que una ambientación con Meteoro el rey de las pistas, un parque que le roba un espacio a la ciudad y un carrito de helados por lo que no hay que pagar, para celebrar ese milagro irrepetible que es la amistad cuando tienes cinco años. Me invitó a otro para el día viernes. Cumple años Gabriel y haré todo lo posible porque no noten mi ausencia en la oficina. Se ha colado en el salón que también habrá helados gratis.
El hombre que vendió su turno y responsable directo de que ella estuviera a cuatro pasos de mi vista, mostrándome aquel fresco de Picasso que era su cuerpo, se llamaba Erásmo Luis De la Oz y Sánchez, hombre que alguna vez gozó de la fortuna de quien hace buenos negocios y que ahora venido a menos era enviado a mi consulta con cargo a un buen amigo suyo, a quien alguna vez ayudó desde su opulencia ahora inexistente. Necesitaba Erasmo de una intervención quirúrgica mensual que le ayudará a mantener abiertas sus fosas nasales, siendo que de un años para acá y como producto de un mal que suponíamos congénito, perdía el paso del aire a través de éstas, al hacérseles cada vez más pequeños los orificios. Hecho que no hubiese resultado tan grave, a no ser porque a Erasmo de cuando en cuando se le trababa la mandíbula, impidiéndole abrir la boca para, a falta de nariz, tomar al menos una bocanada y seguir respirando. Murió dentro de un vagón del metro, lucía ropa nueva y muy elegante. También levaba una bolsa repleta de regalos.
DEBISTE ACOMPAÑARME ESA NOCHE. La fotografía sería otra. Aunque sé que no te anima la idea de verme perder la razón frente a un vaso de whisky, mientras escuchamos, o escucho yo, la versión en vivo y más cercana en cien kilómetros a la redonda de Una noche en Tunisia. Hubiera sido un accidente favorable que estuvieras sentada a mi derecha, presenciando mi sonambulismo tan despierto a esas horas. En un lugar como ese todas las impresiones salen movidas y no es para menos: en un espacio tan nocturno, tan que no existe de día, baila hasta el aire. Perdóname el foco.
Cuánto hay de uno en una fotografía en la que, habiendo estado presente en el lugar de la toma, por la razón que sea uno no sale. Mi respuesta privada es que en esa ausencia hay mucho de uno, el testigo. Es en uno donde rebota la luz que compuso la escena.
Ahora escucha: la cantante bajó de su media tarima y vino en dirección a mí: único en aplaudirla. Y me preguntó así, por la foto, que sin cuidados le hice mientras con los ojos cerrados susurraba una nota. Acostumbrada como estaba a descifrar lo que quería su público, adivinó, soñó o especuló sobre mis movimientos de barco anclado en la barra y puso su escote a la altura de mis párpados sin sueño un segundo antes de hablarme.
―Devuélveme el alma forastero. Dijo sin separar del todo sus labios y se sentó en la silla más próxima.
―No hay nada aquí que como cliente no me pertenezca. Dije entonces con la seguridad de un hombre rico. En ese momento volví a pensar en ti pero me interrumpió la primera palabra de su siguiente frase.
―¿Nada? ¿Nada que no te pertenezca?
―Nada. Dije
―Pues creo justo entonces que sepas, que conozcas la dimensión exacta de lo que tu pequeño artefacto se lleva― Dijo retadora y ganó mi entera atención.
― Adelante. Dije. Y luego de escucharla no tuve el valor de hablar más.
―No eres el primero que de aquí secuestra mi esencia guardada en el bolsillo delantero de su pantalón.
― Lo imagino. Pensé. Pero no lo dije. Hacerlo hubiese sido muy poco elegante.
― Y es allí precisamente donde está el pecado.―Continuó―En la trágica creencia que los lleva a pensar que son, con o sin dinero, los dueños de todo lo que ven en una mujer. Si tal y como dices, todo aquí te pertenece como cliente, ahora mismo me voy a subir en esa tarima y le voy a pedir al pianista que me acompañe mientras te dedico la canción más melancólica que jamás hayas escuchado, vaquero. A ver si en adelante eres capaz de no relacionarla con esa estampa que nunca veré y que reposa incómoda en tu bolsillo.
Dio la vuelta, se echó a andar y me quedé como escuchando su voz mientras llegaba a su lugar de trabajo.
―Cómo vas a justificar esa imagen allí almacenada. No frente a una tercera persona pues, tienes las ojeras de un hombre solo. Mi pregunta es cómo la vas a justificártela a ti mismo.
El micrófono fue un bisturí, si tomas en cuenta mi buena memoria para las historias tristes. Debiste haber estado allí. A mi derecha. Quizás me hubiese centrado en la música como siempre, sin razón ni impulsos para hacer esa fotografía que ahora no sé cómo hacer callar.
Un día de estos los vecinos del cuatro te van a pillar. Te hablo como bien sabes de esa parejita joven y sin hijos del edificio de enfrente que llega de trabajar a eso de las siete de la noche y que con fruición se desviste y entrega al placer en plena sala. No quiero imaginar que el tipo al sentirse observado tenga un giro tan veloz como inadvertido y ponga reparo en el minúsculo brillo de la luna rebotando en tus binóculos. No, que por mi cabeza no pase cuando le ordene a ella cubrirse con lo que tenga a mano y camine feroz como un lobo hasta el borde de su ventana para amenazarte a gritos, cuando tú, congelado en tu sorpresa,no tengas la rapidez con la que flexionas tus rodillas y te agachas ahora que ellos llegan.
Hoy, muy distinto a todas las tardes, ella se ha ido directo al cuarto y sin encender las luces se ha echado vestida sobre la cama y abraza la almohada que, sin importar a quién de los dos pertenece, ahora le sirve de asidero para lo que desde la ventana del cuarto de servicio supones son sus lágrimas. El no la ha seguido y en cambio, con esa pose que sólo logran los príncipes africanos, se ha sentado a sus anchas en un sofá que casi nunca usan, mientras sostiene en su mano izquierda un vaso corto que tu talento para la observación advierte hasta el tope de hielo.
Así pasan los próximos veintiún minutos, hasta que él va por la botella de escocés y la coloca sin cuidado sobre la mesa central de la sala. Ella apenas si respira, pero te resulta fácil adivinar en sus minúsculos movimientos la esperanza de que él finalmente entre a la habitación (apenas iluminada por la luz de la sala) y busque esa primera tregua que toda pareja sensata ensaya para llegar a entenderse de nuevo. Pero esto no pasa y, luego otros veintiún minutos, él sigue con la mirada fija en un florero que el domingo pasado, al regresar de compras, colocaron en una repisa cercana a la puerta, justo cuando tu reloj de pulsera marcaba las cinco y cuarto de la tarde.
Si hubieses nacido en Santo Domingo y en lugar de residir en Chuao, vivieras en losEstados Unidos de escribir novelas sobre inmigrantes neoyorkinos; si llevaras por nombreJunot Díaz, llamarías Fukú a la mala suerte que le adjudicas a ese apartamento: en el que has visto a no menos de tres parejas vivir felices durante un corto tiempo, siempre menor a un año. Sólo que, a la luz de esa extensión de tus ojos, tus Bushnellon 2.5 x 42, con visión nocturna, se te antoja que esta pareja no es igual a las anteriores y por tanto, no te aventuras a predecir un final similar para ella. La viuda del piso tres llegó hace rato y pese a lo mucho que te gusta hasta ahora la descubres pues, aunque la escena anterior sigue en stand by, encuentras en ese suspenso un goce similar al placer que te causa contemplar la vida ajena desde tu atalaya, deleite que no pierdes tiempo en explicar ni explicarte.
Es ella la que se levanta y se desplaza hasta la sala sin hacer ruido, como levitando, queriendo fundar ese puente que a él, hasta el cuarto trago, le ha resultado imposible comenzar a construir. Se echa ahora a sus pies y sus pantalones sustituyen a la almohada que aún no sabes si era la de ella. El deja el vaso a un lado, junto a la botella ahora medio vacía, para posar ambas manos sobre su cabeza, las mismas que para el momento en que ella reacciona, han bajado como en caída libre hasta su cuello. Incrédulo, buscas foco girando la perilla por encima de los lentes, mientras el príncipe africano también le da movimiento sus dedos. Lo grave viene cuando ella apenas ha dejado de moverse, cuando él levanta su cabeza y te ve, nítido, desde el sofá que más nunca será su trono.
Siendo la última de tres hermanas, Alicia, estaba acostumbrada a defender el más mínimo espacio que hacía suyo. Con una maestría en derecho penal, dos divorcios y cuarenta años que la verdad no aparentaba, la idea de enfrentarse a un nuevo oficio no la reducía. Tal era su determinación que siendo una niña y según Verónica,la mayor de sus hermanas, cansada de la inclemente mofa adolescente, de un rumor tan cotidiano como cruel que la convirtió en la niña que no sangraba, fijó en el calendario el momento en que la regla aparecería en su vida, y así fue. La mañana en que cumpliódieciséis años se hizo mujer, como una venganza, el día que le dio la gana.
Marcharse de su casa a los dieciocho tuvo la ligereza de un trámite en una oficina de correos Suiza, y escoger a quien sería su primer marido la frialdad de quien desarma una bomba. Incluso Raquel, la hermana del medio y menos dada a revelar las intimidades familiares, no se guardó nunca la anécdota y la despachaba igual en medio de una reunión entre parientes, que entre anónimos padres y representantes de la escueladonde trabajaba.
Alicia cursaba apenas el propedéutico de la universidad cuando lo conoció. Él, a punto ya de graduarse y miembro del comité de bienvenida, la encandiló desde el primer día. Era habitual que esa primera clase, un alumno se hiciera pasar por el profesor que habría de llegar unos minutos más tarde y elaborara un discurso que resultará fuera de lugar y hasta impropio, sólo con el objeto de fastidiar a los nuevos estudiantes. De aquella representación ella aseguró más tarde no recordar ni una sola palabra pues, habría de concentrarse en el rasgo menos atractivo de aquél impostor: su incipiente calva. Así, una vez revelada la trampa, lo busco al terminar la sesión y sin contenerse le gritó en un volumenpoco razonable: oye tú, hombre con suerte, llévame a vivir contigo. Quiero que esa luna llena en que tarde o temprano se convertirá tu cabeza, ilumine mi vida desde esta misma noche. Bien se le daba a Alicia la lujuria y la improvisación.
Poco tiempo después de graduada vino el predecible eclipse. Todo después de conocer a quien de ser su eventual amante, aguardó el doble papeleo que lo convertiría en su segundo esposo. Ya con firma legal ante cualquier juzgado, se ocupó ella misma de la repartición de bienes y del documento que fijaba los días de visita al niño, el monto de la pensión y la patria potestad que él no se atrevió siquiera a solicitar. Haberlo hecho hubiese sido profanar su lado un más oscuro y padecer la respuesta indolente y sin extremos que Alicia, apenas con veintidós años era capaz generar.
De ese tiempo a esta parte, es redundar querer retratar la persona que ha sido. Y es que daría como resultado una seguidilla de palabras que, como en las tormentas de ideas, terminan chocando unas con otras hasta dar forma a un concepto: cálculo, ironía, avaricia, tristeza, astucia, malicia, estocada y reto. Un concepto tan canalla como indolente.
De allí que a nadie sorprendió que Alicia volviera a salirse con la suya y terminara convertida en la Primera Dama de la República, finalmente la flamante y férrea esposa del déspota.
Al despertar Gregorio Samsa una mañana, tras un sueño intranquilo, encontróse en su cama convertido en un monstruoso insecto. No era para menos, dijo para sí, y revivió -como desde una caverna oscura- los gritos con los que seis horas antes, Elena, su ex mujer, condenó al desvelo a todos los habitantes de las Residencias Las Ciencias. Donde alguna vez, hasta que la tragedia llamó a su timbre, convivió feliz la familia Samsa Pacheco.
Desde el radio-despertador Gregorio escuchó la voz de una anciana periodista que exhibía su rango de miembro de la real academia del insulto, despachando palabras de un filo capaz de hincar una piedra. La hora vino antes de la publicidad y supo que aún era muy temprano para ponerse en pie. Eso si lograba hacerlo. El punto es que prefería creer que técnicamente se trataba de una pesadilla y que, apenas se entregara nuevamente a esa inconsciencia temporal que supone el dormir, todo volvería a su no menos reconfortante realidad. Pensó en si la activación adelantada del radio-despertador formaba también parte de su tragedia, cerró los ojos y el mundo que esa día se le multiplicaba por mil desapareció. Sólo quedó (a todo volumen por cierto) la banda sonora de su nueva condición, como recordándole que seguía despierto.
Transcurrió la siguiente hora y, con la disciplina de un monje, se mantuvo quieto, con los párpados apretados, aunque no llegó a conciliar nuevamente el sueño. Fue entonces cuando su preocupación se hizo aguda.
Elena tenía la capacidad de construir con sus desaires un nicho oscuro, oscurísimo, en el que confinaba por días a Gregorio. Sólo que esta vez llegó muy lejos y difícilmente, quien hasta ayer fue un fulano corriente, recuperaría el valor que precisa cualquier hombre para sentirse completo. Hecho un pusilánime de seis patas, no veía otra opción que buscar hacer de su recién adquirida condición el más normal de los estilos de vida.
Cuando por fin estuvo en pie, frente al espejo, encontró fascinante el par de antenas que coronaban la escafandra aceitosa y pulida que ahora ocupaba el lugar de su cabeza. Recordó entonces con ironía dos pelos hirsutos que mensualmente arrancaba de sus tupidas cejas, y que revelaban su indetenible tránsito a la tercera edad. Al buscar detalles que luego le resultaron asombrosos a los ojos de su vida anterior, notó que su cuerpo estaba cubierto por un tipo de vello como afeitado tres mañanas antes y que apenas retoñaba, todo en medio de una humedad que le resultó pestilente.
Elena, Elenita, mi maldición, Elena, repitió en un tono apenas audible. Notó entonces un tipo de saliva pastosa enjuagando sus palabras y optó por el silencio para evitar ahogarse. Incluso le resultó imposible hallar comodidad en el pequeño baño de la habitación en el que se duchaba todas los días. Así, cuando estuvo a punto de echarse a llorar como un insecto lloraría queriendo llorar como un niño, recordó que la noche anterior se había dormido frente a la televisión mientras daban un programa sobre la evolución de las especies. Se sintió entonces privilegiado, el primero de un nuevo estadio de la naturaleza, y se fue a su oficina en la esquina de Piñango estrenando la desnudez de sus patas y orgulloso de sus antenas.
Con esta carta participé en el concurso Cartas de Amor de Mont Blanc en su edición 2009. Y sabiendo ya que no me voy a Nueva York ni obtendré una de sus maravillosas estilográficas, comparto contigo el ejercicio y la experiencia de haberla adelantado. Está escrita desde una mujer. Ponte en modalidad despecho, si?
Caracas, 13 de abril de 2008
Querido Alfredo,
Sin la seguridad de que estas letras lleguen a tus manos, me atrevo a escribir con la conciencia plena de que si otros ojos se pasearan por estas palabras, mi vida entera, cual castillo de naipes,se vendría abajo azuzado por el soplo de la envidia que nada comprende.
Esta tarde caí en cuenta, luego de cinco larguísimos años -quizás de la manera más obvia para una mujer del tipo me considero- que merecíamos la oportunidad de fracasar y que a lo mejor fue una torpeza tan rimbombante como triste el depositar tanta responsabilidad en nuestras mutuas intuiciones.
Pensarás que somos jóvenes y estamos a tiempo de reconstruir la inconclusa proeza de amarnos, por lo que considero justo entonces que conozcas algunos detalles de la historia que protagonicé todo este tiempo:
Nunca fui presa de la depresión, como bien sabes mi carácter no se permitió jamás semejante debilidad. Tenía yo una idea de cómo sería mi vida, y la tristeza -menos aún la del tipo prolongado y sin receta- alguna vez estuvo en mis planes. Al mes de nuestro rompimiento, aunque la palabra y su tono te remita al siglo pasado, sospeché se anidaba en mi alma un profundo sentimiento de pérdida, y tan lento como llegó fue acrecentándose hasta convertirme -al término de un año- en una persona que ni siquiera yo reconocía frente al espejo. Mal que tuvo su clímax una tarde en que Anastasia, la amiga que te presente en la universidad y que estoy segura muy bien recuerdas, buscando darme un poco de ánimo me invitó al teatro y descubrió antes que yo tu imposible presencia. Me camuflé tras una butaca y le hice prometer no me delataría. Tú ocupaste un lugar en las primeras filas y fuiste galante (como siempre) con la mujer que te acompañaba. Yo me quedé la obra entera, una comedia conyugal por cierto, sólo para verte inclinar a ratos sobre tu acompañante de turno, y llegué a contar las veces que hiciste contacto con su cabeza. Ese roce amable que desde mi locación resonaba como un bombo ancestral y desafinado. Supe entonces que ciertamente te había perdido.
Terminó la obra y Anastasia, la solidaria, me acompañó hasta que la sala entera estuvo despejada. Un acomodador nos divisó sorprendido y nos ayudó con su linterna a buscar las puertas de salida. Esa, hasta la tarde en que desperté de mi insomnio, era última luz que recordaba en mi vida.
¿Puede una pena de amor convertir a una persona en su propia sombra?, ¿es posible que para siempre se busque al sujeto de ese amor entre cualquier muchedumbre, queriendo encontrarlo cara a cara para luego salir corriendo a esconderse?, ¿cómo es que teniendo una vida hecha se puede una abrigar la ilusión de que el pasado regrese intacto y se deposite frente a nosotros diciendo: pasa adelante, te estábamos esperando, como tardaste?... ¿qué es una vida hecha?
A la tormenta prosiguió la angustia y a ésta, las pastillas de colores con sus gramajes precisos que consumí siempre a deshoras. La vigilancia familiar, las ventanas con rejas, la palabra autoayuda, la iglesia, los consejos, la amiga de la infancia, la casa de la playa, París para despejarme, Caracas para recluirme, las citas a ciegas, los idiomas indescifrables en bocas tan sucias como ajenas, la madrugada, el frío y cigarrillos que morían huérfanos en ceniceros que ganarían un festival de diseño en un bar fronterizo y de mala muerte. Tengo una idea clarísima de lo que significa una vida deshecha.
¿Te acuerdas de aquello que disparaste por primera vez la noche que nos conocimos y que tenía que ver con esa idea fija que tenías de esperarme en el cielo si morías primero, como creo sugería la letra de un vieja canción?... pues, todo ese tiempo estuve deseando cumplieras tu promesa. Todo para entregarme a la muerte con la seguridad idiota de volver a verte. Hoy, semejante pensamiento me resulta tan estruendoso como estúpido, y pienso que es una lástima que a estas alturas no se haya escrito todavía un manual para la decepción amorosa, que les ahorre a los amantes desbastados ese residuo doloroso que dejan los fracasos. Tenía la desdichada fantasía de que un familiar cercano a ti llamara una madrugada a casa de mi madre -donde por cierto controlaban que no atendiera el teléfono, temerosos de que una nueva llamada tuya echara por tierra mis débiles progresos emocionales- y le contara a mi padre que es quien desde siempre atiende el teléfono cuando repica más allá de la medianoche,sin rodeos, como hablan los policías de las telenovelas, que ya eras historia. Que los tuyos habían acordado que siendo yo la mujer que más te amó en la vida, merecía enterarme de tu temprana despedida y acompañarlos a escribir tu epitafio. Pero ese sentimiento de autodestrucción venía en ese paquete de lo que fue el precipicio de tu ausencia. Una de las numerosas especialistas, cuyo nombre no recuerdo, pero que ayer tarde encontré en la cola del banco, me explicó, palabras más palabras menos, que era natural que deseara tu desaparición física. Los terapeutas, como las conserjes, para todo fenómeno tiene una explicación: se trate de una falla del ascensor o de un bajón inesperado de eso que antipáticamente llaman estima.
Lee esta carta más de una vez pues, como con esos libros que te mandan a consultar en el bachillerato y que luego revisas cuando ya has madurado, hallarás nuevos significados cada vez que la enfrentes. No porque me haya tomado la tarea de escribir entre líneas un mensaje cifrado, con una clave para que me encuentres o convencerte de que me busques, no. Te conviene releerla pues es también la historia de tu existencia, de tu felicidad negada. Una explicación al sentido que tampoco encontraste a tus años, aunque llevaras mil mujeres nuevas a entretenerte en un teatro, en el que también era contemplada tu escena de soledad, tan llamativa como trágica.
Y por último, por si acaso piensas que no me enteré mientras experimentaba este largo tour por el delirio, salúdame a Anastasia, la ex amiga que se fijó también en ti. Como si todos los ex de mi camino se hubieran confabulado para contemplar lo que fue mi vida hasta hoy. Pídele que no use en tu contra nada de lo que alguna vez le conté. Las mujeres tenemos un raro sentido de la venganza: así que procura no aventurarte con eso de esperarla en el cielo, no vaya a ser que no tenga la paciencia que tuve yo, te tome al vuelo la palabra, y te mate.
Acostumbrado como estaba de valerse de su título para darle batalla a la pequeña burocracia de su parroquia, Robinson usaba su anillo para certificar su preparación académica. Como diciendo sin necesidad de abrir la boca: negro, sí, pero negro preparado. Al punto que en cierta ocasión, estando repleta una de las camioneticas que mudan el barrio hasta los vagones del metro y en la tarde lo devuelven agotado, aspiraba hacerse de un puesto esgrimiendo, o mejor dicho exhibiendo, su condición de leguleyo negro, sí, pero negro preparado; consiguiendo que los pasajeros lo echaran por la ventana seguido de su flaco portafolio que servía de lonchera para un sándwich de mayonesa y un cuartico de jugo de guayaba a punto de vencerse. Pero no en todas las guerras en las que Robinson participaba salía disminuido.
Lorenzo “El Topo” Fernández, único compañero de promoción con el que mantuvo contacto después de graduado le invitó a unirse a su pequeño bufete con sede en Puerta Caracas. Le asignaba eso sí problemas del tipo rutinarios, aquellos que no revestían gran experiencia en el ejercicio del litigio. Robinson visitaba con gusto los tribunales y hacía cumplía entusiasmado cualquier encomienda que le hacía su jefe, condiscípulo, posible socio y comprobado amigo. Cierta vez, por dos semanas continuas “El Topo” enfermó y, Código Penal en mano, Robinson hubo de encargarse del más importante caso que alguna vez haya tenido la Organización Fernández y Asociados, ubicada en la parte alta de la Carnicería Vuelta a la Patria, segundo timbre.
Un Mercedes marrón con los vidrios apenas ahumados se detuvo frente a la carnicería sellando la única entrada y salida del estacionamiento, allí guardaba su carro Isabela, la hija menor del matrimonio portugués que residía en el tercer piso de esa suerte de complejo comercial habitacional, orillado en la estrecha calle de apenas dos canales, incómoda hasta para los heladeros. De su interior, descendió con una parsimonia a la que ese sector de Caracas no estaba acostumbrada, Rosa Margarita Clemente-Dos Casas Ibáñez, de quien Robinson supo más tarde, dependía el suministro nacional de pañales Tapa Amarilla, vendidos por bulto en el Makro de la Urbina y al detal en bodegas de todo el continente, incluyendo Catia.
Olvidé mencionar que Robinson guardaba un increíble parecido con Barack Obama y que tal condición resultó fundamental durante el primer encuentro con la chica de la película .Pero de este y otros detalles nos ocuparemos en el próximo capítulo.
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